viernes, 14 de diciembre de 2007
jueves, 13 de diciembre de 2007
Vergüenza
Cuando llegué a la ciudad que ahora habito, en sus semáforos proliferaban hombres que vendían tabaco de contrabando. En algún momento los sustituyeron mujeres gitanas viejas que vendían "La farola", y éstas finalmente dieron paso a africanos que se afanan en vender pañuelos de papel durante todos los días del año, incluído el agosto más caluroso.
Me fijo mucho en ellos cuando paro con mi coche junto a un semáforo en rojo. Agitan sus manos llenos de paquetes de pañuelos con una gran alegría y siempre te dedican una gran sonrisa, pero en sus caras y en sus ojos se puede leer el abatimiento, el cansancio, quizás algo de miedo. A veces se sientan en el borde de la acera y cubren la cabeza con sus manos, como intentando encogerse y olvidarse del sitio en el que se encuentran, o quizás simplemente para descansar de esa sonrisa forzada de agradecimiento que muestran al coche tras coche, un comprador tras otro.
Cuando los veo así, mi cuerpo lo recorre un súbito escalofrío. Porque yo también soy inmigrante, y porque en parte puedo entender sus sentimientos de sentirse perdido en un país en el que nada es tal como uno lo aprendió en la infancia: ni el idioma, ni las costumbres, ni tan siquiera los sentimientos de la gente. No es fácil para nadie arrancarse de su tierra e intentar echar raíces en otra parte. Y sin embargo yo soy una mujer europea, blanca, rubia y de ojos azules, con estudios superiores, y salvo algunas pequeñeces, nunca me sentí rechazada por ser de fuera, nunca tuve grandes dificultades a la hora de conseguir lo que quería en mi vida aquí. Y me pregunto si tendría el coraje suficiente para intentar vivir aquí sin papeles, sin familia, sin nada, simplemente sobreviviendo un día tras otro. Y no se la respuesta.
En un semáforo en el que paro todos los días yendo a trabajar hay un inmigrante africano que me ha llamado particularmente la atención. Todas las mañanas le veo pasando entre los coches y ofreciendo pañuelos a los conductores que no pueden evitar reírse viendo sus coloridos disfraces. Le he visto ya vestido de flamenca, de duende, de princesa de cuento de hadas, con pelucas puestas, pintado con un maquillaje horrible. Sus ojos parecen siempre estar en el borde de esperanza y de llanto. Hoy cuando me pasó por la ventanilla aquel paquete de pañuelos que yo no necesitaba, y cuando recordé los motivos por los que lloré en la almohada la noche anterior, de repente sentí vergüenza. Así de simple.
Me fijo mucho en ellos cuando paro con mi coche junto a un semáforo en rojo. Agitan sus manos llenos de paquetes de pañuelos con una gran alegría y siempre te dedican una gran sonrisa, pero en sus caras y en sus ojos se puede leer el abatimiento, el cansancio, quizás algo de miedo. A veces se sientan en el borde de la acera y cubren la cabeza con sus manos, como intentando encogerse y olvidarse del sitio en el que se encuentran, o quizás simplemente para descansar de esa sonrisa forzada de agradecimiento que muestran al coche tras coche, un comprador tras otro.
Cuando los veo así, mi cuerpo lo recorre un súbito escalofrío. Porque yo también soy inmigrante, y porque en parte puedo entender sus sentimientos de sentirse perdido en un país en el que nada es tal como uno lo aprendió en la infancia: ni el idioma, ni las costumbres, ni tan siquiera los sentimientos de la gente. No es fácil para nadie arrancarse de su tierra e intentar echar raíces en otra parte. Y sin embargo yo soy una mujer europea, blanca, rubia y de ojos azules, con estudios superiores, y salvo algunas pequeñeces, nunca me sentí rechazada por ser de fuera, nunca tuve grandes dificultades a la hora de conseguir lo que quería en mi vida aquí. Y me pregunto si tendría el coraje suficiente para intentar vivir aquí sin papeles, sin familia, sin nada, simplemente sobreviviendo un día tras otro. Y no se la respuesta.
En un semáforo en el que paro todos los días yendo a trabajar hay un inmigrante africano que me ha llamado particularmente la atención. Todas las mañanas le veo pasando entre los coches y ofreciendo pañuelos a los conductores que no pueden evitar reírse viendo sus coloridos disfraces. Le he visto ya vestido de flamenca, de duende, de princesa de cuento de hadas, con pelucas puestas, pintado con un maquillaje horrible. Sus ojos parecen siempre estar en el borde de esperanza y de llanto. Hoy cuando me pasó por la ventanilla aquel paquete de pañuelos que yo no necesitaba, y cuando recordé los motivos por los que lloré en la almohada la noche anterior, de repente sentí vergüenza. Así de simple.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
De tránsitos, de la necesidad de escribir y otras divagaciones
Me ha llegado hoy un e-mail anunciándome que fui una de las once finalistas de un importante premio de poesía. Confieso que, evidentemente, hubiera preferido ganarlo, pero aún así me dio una alegría. Parece que mi "Tránsito" va dando por allí sus pequeños pasos y, quien sabe, quizás algún día llegue a alguna parte.
"Tránsito" nació de mucho amor, y de mucho dolor. Yo siempre viví rodeada de libros, y leyendo a todas horas y en todos los lugares posibles (hasta estudiaba el piano con un libro apoyado en las rodillas), pero sólo cuando alguien me hizo una herida profunda que tardó años en cicatrizar sentí la necesidad de sacar de mi todo aquello que se acumuló dentro de mi durante el tiempo en el que leí mucho, viví y amé intensamente. Primero llegaron algunas notas y fragmentos anotados en alguna de mis innumerables libretas. Luego, y por circunstancias de la vida, nació mi primer blog, que en principio tenía un único destinatario (que lo leyó), pero que creció y creció hasta contar con muchos lectores y comentaristas asíduos. En algún momento, y me resulta difícil saber cuál fue exactamente, las palabras que vertía en este espacio virtual se convirtieron en versos, versos que además aparecían allí prácticamente a diario.
Aquellos poemas primerizos me enseñaron mucho. El blog permite alimentarse a diario de los comentarios de la gente, ver sus reacciones, escuchar lo positivo y lo negativo. Publiqué allí muchos poemas malos, y algunos buenos, y las respuestas de algunos me han hecho aprender muchas cosas. Hubo un comentario en concreto, anónimo, que me hizo pensar y que todavía resuena en mi cabeza en los momentos en los que me pongo a hilar versos, porque me pedía que escribiera cosas que realmente sacudieran, porque me veía capaz de hacerlo. Todavía lo intento, intento hacerlo de verdad. Y ese intento es ya algo más que mero pasatiempo, es parte de mi misma, es una manera de vivir las cosas, siempre procurando ver más allá de lo visible y palpable.
Aquel blog ha desaparecido ya, y sus archivos están ocultos. Lo abandoné porque en algún momento ya se esfumó esa presencia fantasmal que me persigió durante largos años, y porque seguí necesitando escribir... pero necesitaba hacerlo con tranquilidad, oculta de miradas de curiosos. Fue entonces cuando empecé a escribir "Tránsito", ese libro que cuenta el amor de la manera más sencilla posible, sin artificios, con una sinceridad absoluta. Creo personalmente que la magnitud del amor no se cuenta por su duración, sino por lo que duran sus secuelas; este libro es de alguna manera el resumen y recordatorio de un gran amor... Pero también es un libro que me dio muchas alegrías: las personas que lo leyeron se han quedado encantadas, y mi querido amigo Carlos ve un cuadro tras cada uno de los poemas del libro. Espero que me siga dando alegrías, pero yo sigo escribiendo, y ahora naufrago en una ciudad que a veces te da cobijo y a veces se torna pesadilla de calles vacías e interminables.
Este blog ya no está destinado a nadie. No es un reflejo de narcisismo egoísta, ni de la necesidad de hacerse notar. Nace simplemente de las ganas de contar las cosas, algunas trágicas y otras propias de la comedia, de compartirlas con los que (y lo sé) están en el otro lado de la pantalla, diseminados por el mundo. Quizás por eso ya no tengo la necesidad de esconderme tras un seudónimo o un nick; simplemente soy yo, con todas mis circunstancias...
"Tránsito" nació de mucho amor, y de mucho dolor. Yo siempre viví rodeada de libros, y leyendo a todas horas y en todos los lugares posibles (hasta estudiaba el piano con un libro apoyado en las rodillas), pero sólo cuando alguien me hizo una herida profunda que tardó años en cicatrizar sentí la necesidad de sacar de mi todo aquello que se acumuló dentro de mi durante el tiempo en el que leí mucho, viví y amé intensamente. Primero llegaron algunas notas y fragmentos anotados en alguna de mis innumerables libretas. Luego, y por circunstancias de la vida, nació mi primer blog, que en principio tenía un único destinatario (que lo leyó), pero que creció y creció hasta contar con muchos lectores y comentaristas asíduos. En algún momento, y me resulta difícil saber cuál fue exactamente, las palabras que vertía en este espacio virtual se convirtieron en versos, versos que además aparecían allí prácticamente a diario.
Aquellos poemas primerizos me enseñaron mucho. El blog permite alimentarse a diario de los comentarios de la gente, ver sus reacciones, escuchar lo positivo y lo negativo. Publiqué allí muchos poemas malos, y algunos buenos, y las respuestas de algunos me han hecho aprender muchas cosas. Hubo un comentario en concreto, anónimo, que me hizo pensar y que todavía resuena en mi cabeza en los momentos en los que me pongo a hilar versos, porque me pedía que escribiera cosas que realmente sacudieran, porque me veía capaz de hacerlo. Todavía lo intento, intento hacerlo de verdad. Y ese intento es ya algo más que mero pasatiempo, es parte de mi misma, es una manera de vivir las cosas, siempre procurando ver más allá de lo visible y palpable.
Aquel blog ha desaparecido ya, y sus archivos están ocultos. Lo abandoné porque en algún momento ya se esfumó esa presencia fantasmal que me persigió durante largos años, y porque seguí necesitando escribir... pero necesitaba hacerlo con tranquilidad, oculta de miradas de curiosos. Fue entonces cuando empecé a escribir "Tránsito", ese libro que cuenta el amor de la manera más sencilla posible, sin artificios, con una sinceridad absoluta. Creo personalmente que la magnitud del amor no se cuenta por su duración, sino por lo que duran sus secuelas; este libro es de alguna manera el resumen y recordatorio de un gran amor... Pero también es un libro que me dio muchas alegrías: las personas que lo leyeron se han quedado encantadas, y mi querido amigo Carlos ve un cuadro tras cada uno de los poemas del libro. Espero que me siga dando alegrías, pero yo sigo escribiendo, y ahora naufrago en una ciudad que a veces te da cobijo y a veces se torna pesadilla de calles vacías e interminables.
Este blog ya no está destinado a nadie. No es un reflejo de narcisismo egoísta, ni de la necesidad de hacerse notar. Nace simplemente de las ganas de contar las cosas, algunas trágicas y otras propias de la comedia, de compartirlas con los que (y lo sé) están en el otro lado de la pantalla, diseminados por el mundo. Quizás por eso ya no tengo la necesidad de esconderme tras un seudónimo o un nick; simplemente soy yo, con todas mis circunstancias...
LA IMPOSIBILIDAD DE NO RESPIRAR
puedo vivir sin ti
sólo es cuestión de acurrucarse
en algún punto indeterminado
del colchón
y hundirse lentamente
hasta un punto oscuro
de la inconsciencia
puedo sobrevivir sin ti
igual que puedo no llorar
no leer ningún otro libro
no volver a reír
no transitar nunca más
entre las verdades
hechas de luz y de sombras
con tan sólo un susurro
podría hacer todo esto
pero entonces la vida
quizás ya no sería
vida
sólo es cuestión de acurrucarse
en algún punto indeterminado
del colchón
y hundirse lentamente
hasta un punto oscuro
de la inconsciencia
puedo sobrevivir sin ti
igual que puedo no llorar
no leer ningún otro libro
no volver a reír
no transitar nunca más
entre las verdades
hechas de luz y de sombras
con tan sólo un susurro
podría hacer todo esto
pero entonces la vida
quizás ya no sería
vida
Navidad (II) - corolario
Para los que no habéis adivinado la pieza de Chopin de la que hablaba anteriormente, aquí tenéis este Scherzo nº1 op. 30 en si menor, cuya parte central (más o menos a partir del minuto 3:49) se basa precisamente en el villancico que para mi es el más bonito dde todos los de mi tierra.
Al piano Yundi Li, ganador de Concurso de Chopin de Varsovia en 2000, un pianista todavía muy joven y al que a veces falta algo de madurez y de calidez, pero que no lo hace nada mal. Hubiera puesto otras interpretaciones, pero hoy por hoy no están en youtube :).
Espero que lo disfrutéis.
Al piano Yundi Li, ganador de Concurso de Chopin de Varsovia en 2000, un pianista todavía muy joven y al que a veces falta algo de madurez y de calidez, pero que no lo hace nada mal. Hubiera puesto otras interpretaciones, pero hoy por hoy no están en youtube :).
Espero que lo disfrutéis.
martes, 11 de diciembre de 2007
Navidad (II)
Os dejo mi villancico favorito. No son versiones que más me gusten (la primera por la calidad de voces, y la segunda porque convierte un compás a tres en un compás a cuatro, y eso no deja de ser extraño), pero tampoco he encontrado nada mejor. A los fanáticos de Chopin les debería de sonar; es uno de los pocos fragmentos de música popular polaca que utilizó en sus obras....
sábado, 8 de diciembre de 2007
...
también es JUSTO
que pierdan los buenos
y ganen
los de siempre
QUIÉN DICE
QUE QUEDAR PRIMERO
ENNOBLECE?
todo depende
de cómo
se llegue
Antonio García Villarán
Pongo este poema porque esta semana me viene ni pintado...
que pierdan los buenos
y ganen
los de siempre
QUIÉN DICE
QUE QUEDAR PRIMERO
ENNOBLECE?
todo depende
de cómo
se llegue
Antonio García Villarán
Pongo este poema porque esta semana me viene ni pintado...
Conversación
Mi amiga Paola (después de contarle los acontecimientos de la semana): Tía, es que tu vida parece sacada de una serie, algo así como entre "Mujeres desesperadas" y "Sexo en Nueva York"...
Yo: Hija, te aseguro que estas cosas son muy graciosas cuando las ves en la pantalla, pero no lo son para nada cuando las vives en persona...
Yo: Hija, te aseguro que estas cosas son muy graciosas cuando las ves en la pantalla, pero no lo son para nada cuando las vives en persona...
miércoles, 5 de diciembre de 2007
Absurdos
Quién me iba a decir que escribir una y otra vez "Es copia fiel del original" en un montón gordo de papeles puede salvar a uno de la locura...
lunes, 3 de diciembre de 2007
En silencio
Hay a quien le pesa el silencio. Puede que sea porque le apene quedarse a solas con sus propios pensamientos, puede que sea porque en el silencio surgen a veces voces de aquellos que no están ya con nosotros, por la distancia en el tiempo o en el espacio. En realidad no importa el motivo cuando el silencio se convierte en una losa pesadísima, un tormento insalvable... Pero el silencio también es un amigo que acompaña en los momentos de descanso, el que abraza a la soledad necesaria. Es la promesa de un gesto que no lo rompe pero lo llena, de una mirada que todo lo dice, de una conversación a susurros porque con apenas mover los labios ya es suficiente. Es la mano que toca y que acaricia cuando no hacen falta las palabras, porque a veces todo puede discurrir en un hondo silencio que no incomoda, ni pesa, ni ahoga, sino que simplemente está ahí. Como siempre.
domingo, 2 de diciembre de 2007
...
"Si estás deportado, ¿por qué no haces saber de ti? Los otros lo hacen. ¿Es que ya no me quieres? No sé por qué, pero no lo creo. Enconces, o estás deportado o te has muerto. Si es así, te pido que me dejes, que me des libertad para vivir, para respirar este aire". Y ella misma contestaba por él: "Eres libre... ¿Acaso te retengo?". Ella replicaba: "Eso no es una respuesta. Vete de mi memoria, sólo entonces seré libre...".
Mijaíl A. Bulgákov, "El maestro y Margarita"
Mijaíl A. Bulgákov, "El maestro y Margarita"
viernes, 30 de noviembre de 2007
Surrealismos (II)
Diez de la mañana. Entro en clase donde me espera una alumna; está mirando atentamente el interior de su violín.
Yo: ¿Qué el pasa a tu violín?
Alumna: Tiene pelusas dentro.
Yo: ¿Y qué piensas hacer al respecto?
Alumna: Me han dicho que hay que meter dentro un puñado de arroz y agitarlo, luego el arroz sale con las pelusas.
Yo: Claro, y luego vas y haces una paella.
Yo: ¿Qué el pasa a tu violín?
Alumna: Tiene pelusas dentro.
Yo: ¿Y qué piensas hacer al respecto?
Alumna: Me han dicho que hay que meter dentro un puñado de arroz y agitarlo, luego el arroz sale con las pelusas.
Yo: Claro, y luego vas y haces una paella.
Surrealismos (I)
Acabo de vivir la semana más surrealista de mi vida. Vamos, una historia digna de ser convertida en guión de una película de Woody Allen (Alberto, si te interesa ya te la cuento...). He pasado dos días sin dormir, casi sin comer, y en clase no llegaba a dar valores por encima de una corchea (eso es para decir que iba más lenta que un ordenador viejo). El estómago se me encogió como un puño y parecía pegarse a la espalda. He pasado por situaciones de lo más diversas en mi vida, pero desde luego nunca me había sentido tan mal, además sin comerlo ni beberlo.
Hoy he vuelto a reirme a carcajada limpia. A veces no queda más remedio; cuando la vida se ríe de ti, hay que reirse con ella. Que los llantos queden para los funerales.
Hoy he vuelto a reirme a carcajada limpia. A veces no queda más remedio; cuando la vida se ríe de ti, hay que reirse con ella. Que los llantos queden para los funerales.
domingo, 25 de noviembre de 2007
...
"Todo viaje deja una ausencia y esa ausencia es el verdadero viaje. Como todo lo que amamos lo destruimos y es esa destrucción el verdadero amor. Como toda mano que cierra una puerta abre una herida que nunca cicatriza. Como después hay que atravesar un jardín. Como la arboleda y la luz son tu reino. Como las lentas generaciones del verano van puliendo tu rostro. Como todo lo que el destello rasga busca abrigo en tu mirada. Como la hora se ha vuelto fija por tu asombro. Como sucesivamente saldrás y volverás al jardín y volverás a salir. Como siempre estás naciendo al desamparo de la dicha".
Guillermo Sucre
Guillermo Sucre
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